Cada día odio más el mundo.
¿Soy tan complicada? ¿Soy tan difícil?
Siempre fui fuerte, de hecho me considero fuerte. Puedo con lo que me echen, aguanto los malos ratos, los nervios, la soledad, la mala compañía, la hipocresía e incluso la chulería. Soy capaz de tragarme todo, absolutamente todo, para ser feliz. Aguanto hasta la saciedad. Y sí, a veces yo ejerzo muchas de esas cosas antes enumeradas ¿quién no? Nadie es perfecto. Pero todo dentro de unos límites.
No me defino como mala persona, ni interesada, ni egoísta, sé que a veces soy un muy inaguantable, pesada y compleja. Pero, insisto, dentro de un límite llamado normalidad.
Hago mi vida, dejo que los demás hagan la suya, tengo mis planes, intento ser autosuficiente, trato de no molestar ni de inmiscuirme, sé el lugar que me corresponde y lo acepto. Y no pido nada más que eso, un trato recíproco.
Todo me satura. La gente se aburre, inventa, difama, es mal pensada y se mete en las vida ajenas. La situación me supera y a veces me entran ganas de rendirme y dejarlo todo, torcer mi camino y hacer otra vida, centrarme en lo importante y dejar apartado durante una larga temporada aquello que me hace feliz pero que a la vez tanto llevaderos de cabeza trae consigo.
Y sí, lo reconozco, esto también es culpa de los exámenes.

